Entrevista al escritor y periodista Santiago Roncagliolo

Presentación de su última novela, “La noche de los alfileres”, en Casa de América.

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El 25 de febrero, Santiago Roncagliolo presentó en Casa de América su última novela, “La noche de los alfileres”, publicada por la editorial Alfaguara. Ganador del premio Alfaguara de novela y del Independent Foreign Fiction Prize, Roncagliolo vuelve con un thriller apasionante ambientado en la Lima de los años noventa, unos años convulsos en la historia del Perú.

En la presentación pudimos ver a un selecto grupo de peruanos que viven casi todo el año en España: Raúl Tola (escritor y periodista), Fietta Jarque (periodista y editora), Calos Añaños (Presidente de Ajegroup)… Y a diversos intelectuales españoles: Juan Cruz (adjunto a la dirección de El País), Vicente Molina Foix (escritor y dramaturgo) o Fernando Pajares (Director de Comunicación de la Secretaría General Iberoamericana). Sentado en primera fila estaba el padre del escritor y actual Embajador del Perú, Rafael Roncagliolo… Orgulloso de su hijo, y con razón.

 

 

Entrevista a Santiago Roncagliolo

En la presentación de tu novela dijiste que tienes un recuerdo de los años noventa en Lima “muy oprimido dentro de ese cerco de un mundo violento”… ¿Cómo era la vida cotidiana en un entorno así?

El infierno. A principios de los noventa teníamos que poner cinta adhesiva en las ventanas para que no volaran los cristales con la onda expansiva de las bombas. Sabíamos también que cuando sonasen las bombas teníamos que tirarnos al suelo con la boca abierta para que no nos explotaran los tímpanos. Que si aparcábamos en frente de una instalación militar había orden de dispararnos. Que no debíamos ir demasiado lejos porque podía haber apagón y a lo mejor no podíamos volver, y en cualquier caso, que había que llevar siempre velas porque podía haber apagón. Que te podía tocar un tiroteo, o te podía tocar una bomba. La verdad es que yo crecí en el infierno. Será por eso que mi tema siempre son los miedos, porque crecí con mucho miedo.

¿Cómo se vive con toque de queda?

Los toque de queda, y la vida en general, hacían que las mujeres fuesen una especie inexistente en nuestras vidas. No podías ir a fiestas porque había toque de queda. O podías ir a una fiesta y quedarte hasta la mañana siguiente, pero eso para los adolescentes era más complicado…

Como no podíamos ir a un barrio muy lejano, por los apagones, ni a fiestas, por los toques de queda, y como no existía internet, la verdad es que vivíamos muy encerrados. Y las chicas no existían en nuestro planeta.

 ¿Qué echas de menos de aquella época? ¿Cómo era ser adolescente entonces?

En mi caso, yo no hacía más que leer y ver películas. Lo sigo haciendo, así que eso no lo echo de menos. Sí que creo que la amistad se volvía algo muy importante. Tus amigos se volvían la única gente con la que vivías y adquirían una dimensión mucho mayor que en una adolescencia normal. Y de eso también habla mi última novela…

Creo que forjé una amistad muy especial con los amigos con los que pasé mi adolescencia, a algunos los sigo viendo. Una amistad muy de vida o muerte.

¿Por qué te interesa tanto la pérdida de la inocencia? ¿Eres inocente?

La pérdida de inocencia es un tema habitual en mis libros. Me gustan mucho los personajes a los que el mundo se les derrumba, que descubren que el mundo no es cómo creían. Creo que eso también es muy habitual en la adolescencia. Esta es una novela sobre adolescentes que de repente tienen que comenzar a ser adultos y no saben cómo. Sus modelos de adulto están rotos o ausentes. Se enfrentan a una pérdida de inocencia exprés. Tienen que hacerse adultos demasiado rápido, y sin referentes.

¿Cuánto hay de autobiográfico en la novela?

Todos esos chicos están basados en cómo éramos nosotros. Carlos se parece a mis amigos y a mí cuando íbamos a buscar chicas con un peinado espantoso, con el pelo rapado a los costados, “trinchudo” arriba y largo por detrás, y apestando a una colonia asquerosa. Y nunca conseguíamos chicas, en realidad.

Moco es un personaje que homenajea al cine con el que crecí. Incluso al peor cine, al cine más popular, a las comedias guarras como “Porky’s 1”, “Porky’s 2”, “Porky’s 6”, “Porky’s 20”, etc. Por malas que fuesen, esas películas hacían nuestra vida mejor. Y eso incluye el porno. Moco vende porno en el colegio. Luego está Beto, que está descubriendo que es homosexual. En esa época, los homosexuales y los lectores siempre acabábamos en el mismo sitio: la biblioteca, porque ningún matón entraba nunca en la biblioteca, no sabían ni dónde estaba. De hecho, es un homenaje a esos recreos en que todos los raros estábamos apiñados en la biblioteca, donde éramos felices y nadie nos fastidiaba.

En fin, cada uno de ellos toma un pedazo de lo que éramos mis amigos y yo. La novela se plantea el momento en que todos los raros deciden tomar el control. Deciden dejar de ser las víctimas, dejar de ser machacados por los demás chicos, y rebelarse. Supongo que es una fantasía que siempre tuve. A veces uno escribe novelas para hacer aquello que no se atrevió a hacer en la realidad.

¿”La realidad está mal escrita”? Como dijiste en la presentación de tu novela…

La realidad está pésimamente mal escrita. Dios es un guionista mediocre. En un culebrón sería despedido. La realidad está llena de diálogos mal hechos, de escenas sin continuidad, de personajes que se deberían encontrar y no se topan, de momentos sin sentido. Supongo que escribimos libros para fingir que la realidad tiene algún sentido. Para imaginar una realidad en la que todo el mundo habla como debería y hace las cosas como debería. Que es lo que no ocurre en la vida real.

“La realidad está llena de diálogos mal hechos, de escenas sin continuidad, de personajes que se deberían encontrar y no se topan, de momentos sin sentido”.

¿Por qué el título de “La noche de los alfileres”?

Me gustan los nombres de episodios como “La noche de los lápices”, “La noche de los cuchillos largos”, “La noche de los cristales rotos”, etc. Son esos momentos en que la tensión social de un lugar explota, en que la presión y la violencia contenida saltan por los aires. Y mis personajes no son nazis, ni dictadores argentinos. Son solo unos chicos, así que la situación tenía que saltar con algo pequeñito: no podían ser cuchillos largos, tenían que ser alfileres, no más.

¿Qué diferencia hay entre el humor español y el peruano?

En general, creo que los latinoamericanos tenemos un humor mucho más negro que los europeos. Conforme un país se va haciendo más rico, el humor se vuelve más políticamente correcto. Los que hemos crecido con muchas dificultades, usamos un humor mucho más negro para defendernos de las cosas. Ya que no podemos cambiarlo todo, al menos podemos reírnos de eso.

“Los latinoamericanos tenemos un humor mucho más negro que los europeos. Conforme un país se va haciendo más rico, el humor se vuelve más políticamente correcto”.